REFUGIADOS

 

 

    Un refugio, es en si mismo una protección, todos los sistemas espirituales, incluso los sistemas socio-culturales tienen sus diferentes tipos de refugios. Existen un sin fin de refugios basados en dioses, seres celestiales, avatares, amuletos, oraciones, etc. También tenemos los refugios culturales y convencionales basados en ideales, economía, judiciales, familiares, estructurales, comerciales, etc.

    Todos los refugios se sostienen en cierta medida por una cuota de fe, puesto que ninguno de estos es infalible per se o a priori, son tantas las variables a las que los humanos nos exponemos, que difícilmente podemos tener todas las garantías cubiertas de aquello que hemos elegido (conscientemente o no) como refugio.

     Decimos conscientemente o no, porque muchos de estos refugios operan de forma tan natural que no los percibimos o consideramos como tal, como por ejemplo, el dinero.

    Prácticamente toda la cultura humana (especialmente la nuestra y contemporánea) está refugiada en la economía. Quien abandona ese refugio se las ve muy difícil, el dinero es el elemento de seguridad predilecto de nuestra sociedad actual, sean éstas capitalistas, socialistas, comunistas o cualesquiera.

    Cuando vemos la capacidad inmediata que tiene el dinero de cambiarnos muchas situaciones, no dudamos ni un instante en atesorarlo, en refugiarnos en él.

     ¿Por qué somos proclives a buscar un refugio en alguna de las tantas opción conocidas o disponibles? Porque nos percibimos frágiles y mortales. Sabemos que sin refugio estamos a merced de todas las hostilidades de este mundo, las naturales y las culturales. 

     Generalmente adoptamos más de un refugio en nuestra vida, por ejemplo; el refugio económico como ya mencionamos, un refugio emocional como la familia o pareja, un refugio social donde nuestro Ego se sienta reconocido y seguro y los refugios espirituales, ya sea para apaciguar las incertidumbres o por las dudas de que exista algo más poderoso y grande que nosotros capaz de ayudarnos o juzgarnos.

    Y sobre este último punto - el espiritual-  intentaremos investigar uno de los refugios más interesantes, coherentes y amplios que he conocido y que tiene una relación directa con la estabilidad meditativa... el refugio buddhista. 

    Este tema es inmenso, tan grande como toda la enseñanza del Buddha, por lo que sería imposible para mí abarcarlo en su totalidad, ya sea por extensión como por conocimiento. Así que trataré de tocar los puntos más importantes para mí y tal vez para aquellos que se animen a profundizar en esto.

    Uno de los exponentes más interesantes del buddhismo Theravada que a dedicado esfuerzos en la difusión y análisis de este tema, es el Venerable Bhikkhu Bodhi. Existe un trabajo en español dedicado a la Toma de Refugio y la observancia de los preceptos mínimos, que recomiendo ampliamente para ser estudiado en caso de sentir interés en abordar la materia.

    La Triple Joya o Tiratana -como se le conoce en las diferentes tradiciones buddhistas-, es uno de los refugios más sencillo, extensos y potente a la vez de los tantos que existen a nivel espiritual, ya que cumple diferentes funciones en diferentes instancias. La función de protección en este mundo, la de vidas futuras y la más importante, nos protege de nosotros mismos, he aquí la relación en cierto aspecto con la meditación.

    Sus componentes son tres; El Buddha, El Dhamma (su enseñanza) y El Sangha (la comunidad de sus discípulos cercanos). De ahí que se denomina La Triple Joya.

    Es importante destacar que la visión cosmológica buddhsita no entiende la muerte como un fin de ciclo, sino, como una simple interrupción de una secuencia indefinida de experiencias contiguas e interrelacionadas. En otras palabras, nada empezó ayer ni terminará mañana, no hay comienzo ni fin... salvo que logremos liberarnos de este encadenamiento.

    A continuación un extracto del trabajo mencionado del Ven. Bhikkhu Boddhi.

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    LOS PELIGROS PERTENECIENTES A LA VIDA PRESENTE.

    Aspectos objetivos.-

    El peligro más obvio con el que nos confrontamos es la absoluta fragilidad de nuestro  cuerpo físico y sus soportes materiales. Desde el momento de nuestro nacimiento estamos sujetos a enfermedades, accidentes y heridas. La naturaleza nos turba con desastres tales como terremotos e inundaciones, la existencia social con crímenes, explotación, represión y la amenaza de la guerra. Los acontecimientos en los frentes político, social y económico rara vez dejan transcurrir mucho tiempo sin irrumpir en crisis. Las tentativas de reforma y revolución siempre agitan una y otra vez la vieja historia de estancamiento, violencia y consiguiente desilusión. Incluso en tiempos de relativa tranquilidad el orden de nuestras vidas nunca es completamente perfecto. Una cosa u otra parece siempre estar desenfocada. Dificultades y apuros se suceden sin fin. Incluso si fuésemos lo suficientemente afortunados como para escapar de las serias adversidades, hay una que no podemos evitar. Es la muerte.

    Estamos abocados a morir y a pesar de toda nuestra riqueza, experiencia y poder, permanecemos  impotentes ante nuestra inevitable mortalidad. La muerte pende sobre nosotros desde el momento en que nacemos. Cada instante nos lleva más cerca de lo inevitable. Dado que nos movemos en esta situación, al sentirnos seguros en medio de nuestras comodidades, somos como un hombre que camina a través de un lago helado que se cree seguro mientras el hielo cruje bajo sus pies.

    Los peligros que penden sobre nosotros se hacen incluso más problemáticos debido al rasgo común de la incertidumbre. No tenemos conocimiento de cuándo tendrán lugar. Si supiésemos que la calamidad va a golpearnos, al menos nos prepararíamos de antemano para resignarnos estoicamente. Pero ni siquiera gozamos de esta prevención respecto al futuro. Dado que carecemos del beneficio del conocimiento premonitorio, nuestras esperanzas permanecen ahí, momento tras momento, emparejadas a un vago presentimiento de que en cualquier segundo, en un instante, pueden hacerse pedazos súbitamente.

    Nuestra salud puede venirse abajo por la enfermedad, nuestro negocio ir a pique, nuestros amigos volverse contra nosotros, nuestros seres queridos morir . . . No sabemos. No podemos tener ninguna garantía de que estos reveses no aparecerán ante nosotros. Incluso la muerte, que es lo único cierto que podemos estar seguros de que ocurrirá, exactamente cuándo lo hará permanece incierto.

    Aspecto subjetivo.-

    Las adversidades recién descritas son los rasgos objetivos vinculados a la constitución del mundo. Por un lado hay calamidades, crisis y dificultades, por otro, la incertidumbre radical que les impregna. El aspecto subjetivo del peligro perteneciente a la vida presente consiste en nuestra respuesta negativa a este doble riesgo.

    El elemento de incertidumbre tiende a provocar en nosotros una persistente inquietud que corre bajo la superficie de nuestra auto-seguridad. A un nivel interior profundo sentimos la inestabilidad de nuestras dependencias, su transitoriedad y vulnerabilidad al cambio, y esta conciencia produce una persistente aprensión que surge a veces con un tono de ansiedad. Tal vez no siempre seamos capaces de concretar la fuente de nuestra inquietud, pero permanece al acecho en la corriente subterránea de la mente –un miedo indeterminado que mantenemos con familiaridad puede destaparse súbitamente, dejándonos sin nuestros puntos de referencia habituales.

    Esta ansiedad es una perturbación suficiente en sí misma. No obstante, nuestros miedos se ven frecuentemente confirmados. El curso de los acontecimientos sigue una configuración que le es propia independientemente de nuestra voluntad, y los dos no coinciden necesariamente. El mundo ocasiona enfermedades, pérdidas y muerte, hechos que se producen en el tiempo de su maduración. Cuando el curso de los acontecimientos entra en conflicto con nuestra voluntad el resultado es dolor e insatisfacción. Si el conflicto es pequeño nos volvemos enfadados, perturbados, deprimidos o molestos; si es grande experimentamos angustia, aflicción o desesperación. En cualquier caso, a partir de la escisión entre deseo y el mundo emerge una desarmonía fundamental cuyo resultado para nosotros es sufrimiento.

    El sufrimiento surgido no es significativo únicamente en sí mismo; tiene un valor sintomático que apunta hacia una enfermedad cimentada más profundamente que la subyace. Esta enfermedad reside en nuestra actitud hacia el mundo. Actuamos a partir de una estructura mental hecha de expectativas, proyecciones y demandas. Esperamos que la realidad se conforme a nuestros deseos, que se someta a nuestros mandatos, que confirme nuestras preconcepciones, pero ésta rechaza hacerlo así.

    Cuando lo rechaza encontramos dolor y decepción, nacido del conflicto entre expectativas y realidad. Para escapar de este sufrimiento uno de los dos debe cambiar, o nuestra voluntad o el mundo. Dado que no podemos alterar la naturaleza del mundo para hacer que se armonice con nuestra voluntad, la única alternativa es cambiar nosotros mismos mediante el abandono del apego y la aversión hacia el mundo. Hemos de renunciar a nuestro aferramiento, detener anhelos y asideros, aprender a contemplar el flujo de los acontecimientos con desapegada ecuanimidad libre del vaivén entre alegría y abatimiento.

    La mente de la ecuanimidad, asentada más allá del juego de los opuestos mundanos, es la más elevada seguridad y protección, ahora bien, para obtener esta ecuanimidad necesitamos una guía. La guía disponible no puede protegernos de la adversidad objetiva; sólo puede salvaguardarnos de los peligros de una respuesta negativa de la ansiedad, tristeza, frustración y desesperación. Esta es la única protección posible y dado que nos otorga esta protección esencial, tal guía puede considerarse un genuino refugio.

    Esta es la primera razón para tomar refugio; la necesidad de protección de las reacciones negativas respecto a los peligros que nos acosan aquí y ahora.

    LOS PELIGROS PERTENECIENTES A LAS VIDAS FUTURAS.

    Aspecto objetivo.-

    Nuestra sujeción al daño y al peligro no termina con la muerte. Desde la perspectiva de la enseñanza del Buda, el acontecimiento de la muerte es el preludio de un nuevo nacimiento y por tanto el potencial pasaje a un sufrimiento ulterior. El Buda enseña que todos los seres vivientes ligados por la ignorancia y la avidez están sujetos a renacer. En la medida en que el impulso básico a seguir existiendo permanezca intacto, la corriente individualizada de existencia continúa tras la muerte, heredando las impresiones y disposiciones acumuladas en la vida anterior. No hay un alma que transmigre de una vida a la siguiente, pero hay una corriente de conciencia en curso que surge tras la muerte en una nueva forma apropiada a sus propias tendencias dominantes.

    Según el Buda-Dharma, el renacimiento puede tener lugar en cualquiera de los seis reinos del devenir. El más bajo de los seis lo constituyen los infiernos, regiones de severo dolor y tormentos donde las acciones negativas reciben su debida consumación. Después viene el reino animal donde el sufrimiento prevalece y la fuerza bruta es el poder rector. A continuación está el reino de los “espectros hambrientos” (petavisaya), seres sombríos afligidos por intensos deseos que nunca pueden satisfacer. Por encima de ellos está el reino humano, con su familiar equilibrio de felicidad y sufrimiento, virtud y maldad. 

    Después se halla el mundo de los semi-dioses  (asuras), seres titánicos obsesionados por la envidia y la ambición. Y en la cima se sitúan los mundos celestiales habitados por los dioses o devas.

    Los primeros tres reinos de renacimiento –infiernos, reino animal y reino de los espectros- junto al de los asuras, se denominan “destinos nefastos” (duggati) o “plano de la desgracia”(apayabhumi). Reciben estos nombres debido a la preponderancia de sufrimiento que se halla en ellos. Por el contrario, el mundo humano y los mundos celestiales se denominan “destinos dichosos” (sugati) pues albergan una preponderancia de felicidad. El renacimiento en los destinos nefastos se considera especialmente desafortunado no sólo por el sufrimiento intrínseco que implican, sino también por otra razón; renacer ahí es desastroso porque librarse de los destinos nefastos es extremadamente difícil. Un renacimiento afortunado depende de la realización de actos meritorios, pero los seres de los reinos nefastos encuentran escasas oportunidades para adquirir mérito; por ello el sufrimiento en dichos reinos tiende a perpetuarse en un círculo muy difícil de romper. El Buda dice que si un yugo con un solo agujero estuviese flotando aleatoriamente en el océano y una tortuga ciega que vive en el mar subiese a la superficie una vez cada cien años, la probabilidad de que la tortuga pasase su cuello a través del agujero sería mayor que la de un ser en los destinos nefastos poder recuperar la condición humana. Por estas dos razones: debido a su desgracia inherente y a la dificultad de liberarse de ellos, el renacimiento en los destinos nefastos es un grave peligro perteneciente a la vida futura, del cual necesitamos protección.

    Aspecto subjetivo.-

    La protección para evitar caer en el plano de la desgracia no puede obtenerse de los demás. Sólo puede conseguirse evitando las causas que conducen a un renacimiento desafortunado. La causa para renacer en cualquier plano específico de existencia reside en nuestro karma, es decir, en nuestras acciones voluntarias y voliciones. El karma se divide en dos clases: saludable y perjudicial. El primero son las acciones motivadas por el desapego, la benevolencia y la comprensión, el segundo son las acciones motivadas por la avidez, la aversión y la ignorancia. Estas dos clases de karma generan renacimiento en dos planos generales de existencia: el karma saludable produce el renacimiento en destinos dichosos, el karma perjudicial produce el renacimiento en destinos nefastos.

    No podemos eliminar los destinos nefastos en sí mismos; continuarán mientras el mundo dure. Para evitar renacer en dichos reinos sólo podemos ejercer la auto-observación controlando nuestras acciones, de modo que no se desborden sobre los cursos perjudiciales conducentes al hundimiento en el plano de la desgracia. Ahora bien, para evitar generar karma perjudicial necesitamos ayuda, y esto por dos razones principales.

    Primero, necesitamos ayuda porque las avenidas de acción abiertas a nosotros son tan variadas y numerosas que frecuentemente no sabemos qué vía escoger.

    Algunas acciones son obviamente saludables o perjudiciales, pero otras son difíciles de evaluar, dejándonos en la perplejidad cuando nos encontramos con ellas. Para elegir correctamente necesitamos guía; las indicaciones claras de alguien que conoce el valor ético de todas las acciones y los senderos que conducen a los diferentes reinos de existencia.

    La segunda razón por la que necesitamos ayuda es porque, aunque podamos discernir lo correcto de lo equivocado, con frecuencia nos sentimos impulsados a seguir lo equivocado en contra de nuestro mejor juicio. Nuestras acciones no siempre siguen el consejo de nuestras decisiones desapasionadas. Con frecuencia son impulsivas, activadas por instintos que no podemos dominar o controlar. Al ceder a estos instintos elaboramos nuestro propio daño, incluso mientras nos observamos en vano haciéndolo. Tenemos que obtener la maestría sobre nuestra mente para traer nuestra capacidad de acción bajo el control de nuestro sentido de una sabiduría más elevada. Pero esta es una tarea que requiere disciplina. Para aprender el curso recto de la disciplina necesitamos las enseñanzas de alguien que comprenda los procesos sutiles de la mente y pueda mostrarnos cómo conquistar las obsesiones que nos impulsan hacia modos nocivos y auto-destructivos de comportamiento. Dado que dichas instrucciones y la persona que las otorga nos ayudan a protegernos del daño y sufrimiento futuros, pueden considerarse como un genuino refugio.Esta es la segunda razón para tomar refugio: la necesidad de realizar la maestría sobre nuestra capacidad para la acción con el propósito de evitar caer en los destinos nefastos en vidas futuras.

    LOS PELIGROS PERTENECIENTES AL CURSO GENERAL DE LA EXISTENCIA.

    Aspecto objetivo.-

    Los peligros a los que estamos expuestos son inmensamente mayores de los mencionados hasta ahora. Más allá de las evidentes adversidades e infortunios de la vida presente y del riesgo a caer en el plano de la desgracia, hay un peligro más fundamental y comprehensivo que fluye a través de todo el curso de la existencia mundana. Se trata de la insatisfacción intrínseca del samsara.

    Samsara es el ciclo del devenir, la rueda de nacimiento, vejez y muerte, que ha estado girando desde un tiempo sin comienzo. El renacimiento no tiene lugar sólo una vez para dar lugar a una eternidad en la vida futura. El proceso vital se repite una y otra vez, la totalidad de su estructura aparece de nuevo y completamente con cada giro: cada nacimiento resulta en vejez y muerte, cada muerte revela un nuevo nacimiento. El renacimiento puede ser afortunado o desgraciado, pero dondequiera que ocurra no detiene por ello el giro de la rueda. La ley de la impermanencia impone su decreto sobre todo el dominio de la vida sensible; cualquier cosa que surge debe finalmente cesar. Ni siquiera los cielos pueden suministrar una salida; ahí también la vida se termina cuando el karma que ha producido un nacimiento celestial se agota, para a continuación resurgir en otro plano, tal vez en las moradas de la desgracia.

    A causa de esta omnipresente transitoriedad todas las formas de existencia condicionada aparecen al ojo de la sabiduría como esencialmente dukkha, insatisfactorias o sufrimiento. Ninguno de nuestros soportes y dependencias está exento de la necesidad del cambio y la extinción. Por ello aquello en lo que nos apoyamos para nuestra comodidad y disfrute es en realidad una forma oculta de sufrimiento; aquello en lo que confiamos para darnos seguridad está en sí mismo expuesto al peligro; aquello hacia lo que nos volvemos para sentirnos protegidos necesita a su vez ser protegido. Nada que queramos sostener podrá ser sostenido para siempre sin perecer: “Se está desmoronando, se está desmoronando, por ello se le llama ‘el mundo’”.

    La juventud resulta en vejez, la salud en enfermedad, la vida en muerte. Toda unión termina en separación y en el dolor que acompaña a la separación. Pero para comprender la situación en toda su profundidad y gravedad debemos multiplicarla al infinito. Desde un tiempo sin comienzo hemos estado transmigrando a través de la rueda de la existencia, encontrándonos las mismas experiencias una y otra vez con vertiginosa frecuencia: nacimiento, vejez, enfermedad y muerte, separación y pérdida, fracaso y frustración. Repetidamente nos hemos hundido en el plano de la desgracia; incontables veces hemos sido animal, espectro y morador del infierno.

    Una y otra vez hemos experimentado sufrimiento, violencia, aflicción, desesperación. El Buda declara que la cantidad de lágrimas y sangre que hemos vertido en el curso de nuestra errancia samsárica es mayor que las aguas delocéano; los huesos que hemos dejado atrás podrían formar un montón más alto que los montes Himalaya. Hemos encontrado este sufrimiento incontables veces en el pasado y en la medida en que las causas de nuestro giro en el samsara no sean
desconectadas, corremos el riesgo de encontrar más de lo mismo en el curso de nuestro futuro errabundeo.

    Aspecto subjetivo.-

    Para deshacerse de estos peligros sólo hay una vía de liberación: despojarse de todas las formas de existencia, incluso de las más sublimes. Ahora bien, para que este despojarse sea efectivo debemos cortar las causas que nos mantienen atados a la rueda. Las causas básicas que mantienen nuestro vagabundeo en el samsara residen en nuestro interior. El Buda enseña que vagamos de vida en vida porque estamos impulsados por un profundo e insaciable instinto para perpetuar nuestro ser. A este instinto el Buda lo denomina bhavatanha, la ‘sed por la existencia’. Mientras que la sed por la existencia permanezca en funcionamiento, aunque sea de modo latente, la muerte no será un obstáculo para la continuación del proceso vital. La sed llenará el hueco creado por la muerte, generando una nueva forma de existencia determinada por el depósito de karma previamente acumulado. Así pues, sed y existencia se sostienen mutuamente en sucesión. La sed produce una nueva existencia, la nueva existencia ofrece la base para que la sed reanude su búsqueda de gratificación. Bajo este nexo vicioso que vincula sed y existencia repetida hay todavía un factor más primordial denominado “ignorancia” (avijja). 

    La ignorancia es un inconsciencia básica de la verdadera naturaleza de las cosas, un estado sin comienzo de desconocimiento espiritual. La inconsciencia opera de dos modos distintos: por un lado oscurece la cognición correcta, por otro crea una red de distorsiones cognitivas y perceptivas. Debido a la ignorancia vemos belleza en cosas que son realmente repulsivas, permanencia en lo impermanente, placer en lo no placentero y ego en fenómenos carentes de ego, transitorios e insustanciales.

    Estas ilusiones sostienen el instinto activador de la sed. Al igual que el asno que persigue una zanahoria suspendida del carro y colgando ante su morro, nos precipitamos de cabeza tras las apariencias de belleza, permanencia, placer y ego, sólo para hallarnos con las manos vacías y aún más severamente enredados en la rueda del samsara.

    Para liberarse de este fútil modelo es necesario erradicar la sed que lo mantiene en movimiento, no sólo temporalmente sino de modo permanente y completo. Para erradicar la sed ha de desprenderse la ignorancia que la sostiene, pues mientras se permita a la ignorancia agitar sus ilusiones permanecerá la base para la reanimación de la sed. El antídoto para la ignorancia es la sabiduría (p. pañña; s. prajñâ). La sabiduría es el conocimiento penetrante que desgarra los velos de la ignorancia con el propósito de “ver las cosas tal como son realmente”. No es un mero conocimiento conceptual sino una experiencia que debe ser generada en nosotros mismos; ha de hacerse directa, inmediata y personal. Para suscitar esta sabiduría necesitamos enseñanza, ayuda y guía, es decir, alguien que nos enseñe qué debemos comprender y ver por nosotros mismos, así como los métodos mediante los cuales podamos suscitar la sabiduría liberadora que cortará las cuerdas que nos atan al devenir repetido. Dado que quien da dicha guía y las enseñanzas mismas suministra protección frente a los peligros de la transmigración, pueden considerarse un genuino refugio.

    Esta es la tercera razón para tomar refugio: la necesidad de liberación de la omnipresente insatisfacción del samsara

    PROTECCIÓN DE NOSOTROS MISMOS

   "Un ladrón haría esto o aquello a un ladrón, o un enemigo al enemigo, pero una mente mal dirigida le haría a uno más mal que esto".

    "Ni madre ni padre ni otros familiares harían esto [bueno]; una mente bien dirigida haría a él mejor que esto".

Dhammapada-Aṭṭhakathā - 3.42 - 3.43

    Estas citas del Dhammapada, hacen referencia a los efectos en nuestra vida causados por nuestra propia Nama.

    El refugio buddhista, en última instancia, tiene como objetivo fomentar todas las transformaciones necesarias para extirpar de nuestra propia cultura personal todos los elementos que atentan contra nuestra consciencia y por ende, nuestra libertad real. 

    Como bien se menciona en el Dhammapada, nada es tan destructivo o benéfico que nuestra propia inmaterialidad, todos sabemos eso en nuestro fuero más íntimo, todos conocemos nuestra capacidad autodestructiva y también nuestra capacidad creativa.

    Por lo tanto, es de imperiosa necesidad que podamos re4fugiarnos de nosotros mismos cuando estamos salidos de "control" o equilibrio.

    Rememorar al Buddha, sus enseñanzas y sus consejos, acudir a nuestros hermanos de fe y de camino, es medicina para una persona que se encuentra agobiada o aturdida por sus propios pensamientos o estados mentales.

    Tomar refugio en la Triple Joya es contar con un sin fin de recursos sanos que no aseguran paz y abrigo.

     

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